El olor es un aviso colocado a propósito muy por debajo del peligro
El gas natural es metano, y el metano no tiene color ni olor. Lo que hueles es un compuesto de azufre añadido en la entrada de la red por una sola razón: que una fuga se anuncie mientras todavía es pequeña. Ese compuesto se detecta a partes por mil millones, lo que significa que tu nariz avisa con una concentración de alrededor del uno por ciento. El metano se vuelve explosivo al cinco por ciento. La aritmética es incómoda y útil a la vez: cuando lo hueles estás más o menos a un quinto del límite inferior de explosividad. Todavía no es peligro, pero no está lejos, y el margen se cierra más rápido de lo que la gente cree en una cocina pequeña con la ventana cerrada.
La franja importa tanto como la cifra. Por debajo del 5 % no hay combustible suficiente para sostener una llama; por encima del 15 % no hay oxígeno suficiente. En medio, cualquier fuente de ignición sirve — y las fuentes que se olvidan no son llamas. Un interruptor de la luz hace un pequeño arco al separarse los contactos. Un enchufe que se saca, también. Un timbre, el termostato de la nevera, el colector del motor de una campana extractora y la estática de una chaqueta sintética en un día seco. Por eso el orden es llave, aire y luego buscar, y por eso «voy a encender para ver» es la frase que aparece en los informes de accidentes.
El otro hecho físico decide qué ventana abres. El metano es más ligero que el aire, así que una fuga sube y se acumula a la altura del techo: abre una ventana alta y no subas a investigar. El propano y el butano son más pesados que el aire: bajan y se quedan en el punto más bajo disponible — una rejilla a ras de suelo, un desagüe, un sótano, el fondo de un barco. Para esos, abre una puerta baja y no bajes al sótano a mirar.
Tres situaciones, tres respuestas
Un olor suave junto a la encimera y sabes más o menos de dónde: cierra la llave de la encimera y luego la general, abre una ventana, espera unos minutos y búscalo con agua jabonosa — lavavajillas y agua cepillados en cada racor, buscando una burbuja que crece. Un flexible de goma agrietado es el culpable más habitual y la pieza más barata, y un flexible con fecha de más de cinco años se cambia igual.
Un olor fuerte, o un siseo que se oye: cierra la llave solo si está en tu camino hacia la puerta, y luego deja de tocar cosas. Ni luz, ni campana, ni llamada desde dentro — y, lo que sorprende, tampoco bajes el interruptor general, porque un automático hace un arco mayor que un interruptor de la luz. Saca a todos, deja la puerta abierta detrás de ti y llama al teléfono de urgencias de gas desde fuera.
El detector suena y no hueles nada: trátalo como real hasta demostrar lo contrario, porque una fuga lenta dentro de un armario cerrado es exactamente para lo que existe. Si el agua jabonosa no da nada en ningún racor y el olor es realmente ausente, sospecha del sensor: los aparatos domésticos tienen una vida útil de unos cinco años y la fecha está detrás. Pasado ese plazo derivan, y derivar significa las dos equivocaciones: sonar sin motivo y no sonar cuando toca. El vapor, las lacas, los insecticidas y un salpicón de alcohol disparan los sensores de semiconductor baratos, de ahí la alarma al abrir el lavavajillas.