El cristal nunca falla. Falla el apriete, y el apriete es lo único que la retiene en la puerta
Tres hechos. Una mirilla es un tubo con una lente en cada extremo: una cóncava en el lado de la calle para recoger mucho campo, y una convexa en tu lado para ampliarlo lo bastante como para reconocer una cara. Y no va roscada en un filete tallado en la madera: va apretada, por el aro decorativo que ves por tu lado, que tira del tubo para que los dos extremos presionen sobre las dos caras de la puerta.
Ese apriete es toda su seguridad. Una mirilla que gira es una mirilla que se desenrosca, y se desenrosca desde fuera, porque el cañón está roscado en toda su longitud. Una goma elástica o una vuelta de cinta alrededor del embellecedor exterior para agarrar, un giro, y el conjunto sale dejando un agujero de 16 mm. Una varilla acodada en ángulo recto entra por ahí y alcanza la manilla interior: por eso es un método conocido y no una teoría. Así que la primera prueba no va de nitidez: agarra el aro de tu lado y gira. Si el tubo entero gira, para y resuélvelo primero.
Solo después importa el borrón, y el borrón tiene una dirección fija. La lente que envejece es la de fuera. Vive en la lluvia, la arena, el sol y el limpiavidrios, y en las mirillas baratas es una pieza de policarbonato cuya superficie se empaña y cuyo tratamiento se pone blanquecino. La lente de dentro no ha salido nunca y casi siempre está limpia, y de ahí la prueba decisiva —sacarla y mirar los dos extremos a la luz— y de ahí lo inútil de pulir la de dentro.
Tres averías, tres respuestas
El tubo gira es un problema de apriete. Aprieta el aro interior a mano —firme, nunca con alicates, porque el aro es plástico o latón fino y la piel de la puerta es un chapado de 3 mm sobre alma alveolar, que se hunde mucho antes de que el aro proteste—. Si sigue girando, la puerta es más fina de lo que esa mirilla está hecha: el cañón topa antes de que el aro pueda apretar. Sácala y pon una arandela de separación, o un cañón más corto. Después pruébala de verdad, intentando girarla desde fuera con una goma.
Lechosa, y peor cada año es la lente exterior. Desenrosca el aro, saca el cañón y levántalo: un extremo saldrá velado, mate o con rayas finas, el otro claro. Si el velo está en la superficie, un poco de óxido de cerio o pasta para pulir plástico lo devuelve lo justo para reconocer una cara. Si está metido en el material —un tono amarillo o lechoso que no se quita— está acabada, y una mirilla nueva cuesta menos que la pasta.
Nítido en el centro y negro alrededor, o solo una franja del pasillo es la mirilla equivocada para esa puerta. Se venden por tramos de grosor —más o menos 35–55, 45–75 y 60–90 mm— y el cañón tiene que cruzar la puerta manteniendo las dos lentes a su distancia prevista. Un cañón demasiado corto se monta y se aprieta, pero no enfoca: de ahí la zona nítida pequeña y el negro alrededor. Mide la puerta, lee el tramo grabado en el cañón y compra por grosor, no por el ángulo más grande de la caja.