El automático está calibrado para el cable, y el reloj mide la corriente
Un automático doméstico es termomagnético, y el nombre es toda la explicación. La parte térmica es un bimetal: dos metales pegados que se calientan con la corriente, se curvan y acaban soltando el fiador. Como calentar lleva tiempo, esa parte es de tiempo inverso — 1,45 veces su calibre puede aguantar casi una hora, dos veces unos diez minutos, cinco veces veinte o treinta segundos. La parte magnética es una bobina con un núcleo móvil: por encima de cinco a diez veces el calibre la atracción dispara directamente, en milisegundos, mucho antes de que el bimetal se haya calentado.
De ahí la deducción más útil de esta página: el tiempo que tardó en saltar es una medición de la corriente. Si salta en el instante en que subes la palanca, la corriente es enorme — un cortocircuito, o un defecto franco a tierra — y volver a cerrarlo no cambiará nada. Si aguanta diez minutos y luego salta, la corriente solo es demasiado grande para ese circuito: una sobrecarga, y la respuesta es menos aparatos, no más amperios. Dos reparaciones muy distintas, y la diferencia está en el cronómetro que llevas en la cabeza.
El tercer aparato del cuadro mide otra cosa. El diferencial — el que tiene el botón de prueba y suele ser el más ancho — hace pasar fase y neutro por un pequeño toro y los compara. Lo que sale debe volver; todo lo que se va por otro camino, a través de una persona o de un tabique húmedo, aparece como una diferencia. A 30 mA y en menos de una décima de segundo, corta. Ese umbral está elegido para las personas, no para los cables: 30 mA es más o menos lo máximo que un adulto sano puede soltar. También es la razón de que un diferencial no tenga un «vuelve a probar»: no informa de una carga grande, informa de un camino que no debería existir.
Tres averías, tres respuestas
Salta al cabo de un rato y la palanca está tibia es sobrecarga. Haz la cuenta una vez: en un circuito monofásico de 230 V, 16 A son unos 3,5 kW, y eso es para todo el circuito, no por enchufe. Una estufa de 2 kW y un hervidor de 1,8 kW ya son 3,8 kW, así que uno de los dos tiene que irse a otro sitio. Reparte los aparatos grandes entre circuitos, sácalos de las regletas en cascada, y luego toca los enchufes: uno tibio es un contacto que ha cogido resistencia, lo cual es un riesgo de incendio por sí mismo y merece más atención que el disparo.
Salta al instante y no aguanta es cortocircuito. Desenchufa todo lo de ese circuito — desenchufar, no apagar — y prueba una vez. Si aguanta, vuelve a enchufarlos de uno en uno hasta que salte: el último es el culpable, y mira su enchufe y su cable por si hay quemazón, una grieta, un cable aplastado o agua. Si no aguanta ni con el circuito vacío, la avería está en la instalación fija, y ahí se acaba la parte que puedes hacer tú.
Ha caído el general con botón de prueba es fuga a tierra. Ciérralo bien — muchos modelos piden apretar antes el pequeño botón de rearme, y empujar solo la palanca se siente como si estuviera bloqueada. Luego busca agua: enchufe del baño o de la terraza, lavadora, termo, hervidor que se ha desbordado, pared que se queda húmeda. Desenchufa el sospechoso y prueba otra vez. Si salta con todo desenchufado, el aislamiento de la instalación ha bajado y hace falta un megóhmetro: un electricista, no una regleta más larga.